
“¿Si voy a votar? ¡Voy a buscar gente para llevarla a votar el domingo!”, dice como quien canta retruco ante la pregunta de si mañana irá a sufragar en las elecciones provinciales. “La gente tiene que ir a votar. Porque votar le da tranquilidad a uno y es un acto fe de que las cosas mejoren, porque estamos mal, estamos mal”, recalca Ester Beatriz Gabriello, un emblema de la militancia de Monte. Gabriello es La Negra o La Negrita, apelativo cariñoso con que nombran todos a esta mujer de fuerte personalidad que el domingo será fiscal general en los comicios en los que se renovará la mitad del Concejo Deliberante local.
-Decís “estamos mal”. ¿Hablás del país o de Monte?
-De todos, del país, de Monte, de los pueblos. Ayer una señora, con dos chiquitos, se sentó en el banco de la vereda de casa esperando que le alcance algo para comer. Es tremendo.
En el hall de ingreso a su casa hay un cuadro de sus vecinos que la eligieron como un ejemplo y le dedican unas décimas cariñosas; el de los trabajadores del hospital, la declaración del Concejo Deliberante local de personalidad destacada; un pequeño busto de Perón que se lo regaló un señor en Azul, una foto de Laura Giagnacovo sonriente con las mejillas sonrojadas y en lo más alto, el más grande de todos es un cuadro a color de Eva Duarte de Perón. En la ventana de vidrios repartidos cuelgan dos afiches, escritos por sus cuatro nietos: “Por tu fortaleza, por amar la vida y a los tuyos con tanta garra, acá estás de vuelta, te amamos”, le dicen. Así la recibieron cuando volvió a casa tras haberse quebrado la cadera.
“Evita me tocó la cabeza cuando yo tenía 11 años”, dice Ester. Lo dice como si mostrase una joya que acaba de encontrar en un cajón de la cómoda. La vio pasar a Evita en el vagón presidencial por la estación de Cañuelas, cuando iba con Juan Perón rumbo a Tandil. Y no olvidó jamás esa imagen.
Se casó en 1952, con un brazalete negro en señal de luto. Como la luz de una vela en el estrago de la noche, se había apagado la vida de la abanderada de los humildes hacía unos meses y la pena le oscurecía los días a La Negra. Ese mismo año, a sus 20 años, selló su amor, también, con Monte.
Vivir para contarla
Cuando esta mujer de 93 años, vital y rozagante era casi una niña, sus tías le abrieron las puertas de su taller de costura: forraba hebillas, cosía ruedos, pegaba botones. Y su tío, militante del partido laborista, ex conservador oriundo de Cañuelas como ella, le abrió sin querer las puertas de la militancia.
Militó con un joven Raúl Basualdo (“era un muchacho muy empujador”, dice) y conoció a una entusiasta Laura Giagnacovo, a quien recuerda prudente y compenetrada con la gente de su pueblo.
Mientras ella narra esos inicios y recuerda el día en que se metió en la historia participando en cuerpo y alma del histórico 17 de octubre de 1945, este cronista intenta sacar unas fotos pero la Negra no ha perdido ninguno de sus sentidos a sus casi recién cumplidos 93 años y lo frena con un “Esperá”. Se para de repente y se va. Queda el silencio de la hora de la siesta flotando en el living de la casa. Cuando vuelve, exactamente dos minutos después, le brilla un carmesí en los labios y la sonrisa es la de una niña que ha hecho una travesura. “Ahora sí”, dice. Y sonríe.
Su marido era un radical acérrimo pero ella tiene un amor perpetuo con el peronismo. En los primeros años de una militancia que califica como “rústica, muy dura” quemaban troncos para poder escribir las consignas en las calles y las paredes. Recuerda los años luminosos de 1945, la década siguiente de nacionalización y fuerte presencia del estado, de desarrollo industrial y leyes laborales. “Salimos de Cañuelas, caminando y después nos arrimaron. Llegamos hasta el puente que cruza el Riachuelo y estaba levantado. De alguna forma cruzamos y llegamos hasta la Plaza de Mayo. Y hasta que no vino Perón no nos movimos”, resume. Le nace una sonrisa nueva, como si la estrenara en esta tarde de comienzos de septiembre cuando dice “qué hermoso que fue eso”.
Los tristes años tras el golpe de 1955 se los ha llevado la memoria emotiva. “No me acuerdo mucho”, dice. A la espera de la vuelta de Perón tras el largo exilio en Madrid recuerda haber ido a la fallida recepción en el aeropuerto de Ezeiza, que terminó en masacre. “Nos juntamos desde Las Flores para acá, todos los pueblitos, con Monte y Cañuelas y nos fuimos”.

“La cosa está muy revuelta hoy en el peronismo. Me gusta el pibe ese, me genera esperanza y él está jugando para 2027”, dice por Axel Kicillof y explica: “Hizo su campaña en un auto pobrecito, él solo, y ganó la elección”.
Ama el folklore argentino. Y ama también a sus cuatro nietos. “Mis nietos me dan vuelta a mí. Me cuidan, a veces demasiado”, dice entre risas y aporta una fórmula para estar como está, a pesar de que la vida la golpeó con la ausencia de su marido y de su única hija. “Nada de alcohol, nada de fumar”, cuenta.
Trabajadora histórica del hospital Zenón Videla Dorna, vecina ejemplar y siempre solidaria, el domingo será fiscal general en las elecciones. Es que La Negra es una militante a tiempo completo. O mejor dicho, a vida completa.
